15 oct. 2006

Picasso: Tradición y Vanguardia


Exposición

PICASSO Tradición y vanguardia,

Museo Nacional del Prado y Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
Madrid
, junio/septiembre 06
Comisarios: Carmen Giménez y Francisco Calvo Serraller



“La soberbia curatorial carece de toda sensatez”.
Fernando Castro Flórez.

Allá por junio de este mismo año llegó a mis manos el número mensual de la revista de Arte con más aceptación en el gran público. En portada, una plañidera de tez cetrina de esas que tanto reverenciamos por el simple hecho de pertenecer al trasunto del tesoro nacional en que se ha convertido el Guernica. Ávidamente, busco la referencia a la que sin duda ha sido la exposición del verano –colas dignas de aquella expo de Sevilla, aguante estoico bajo un calor ya castizo-: Picasso. Tradición y Vanguardia. Leo la correctísima crónica, algo salvable para el aficionado medio si es que ya le asaetearon con la vida y los milagros del pintor malagueño años ha. Y, algo decepcionado, volteo la última hoja del artículo para, ahora sí, paladear la contracrónica.


Ya conocía la sección fija que antes ostentase mi admirado Fernando Castro, una especial atalaya donde vapulear sin receso los desmanes de artistas, comisarios y ministras, entre otras exquisiteces. El reencuentro no pudo menos que ser sabroso; el crítico desprecia con diafanidad el empeño curatorial de poner las cosas juntitas para que nos enteremos de lo que pasa. Como todos sabrán, la muestra ha sido una ocasión singular para contemplar, unas junto a otras, piezas clave del artista moderno y aquellas otras que por analogía se encuentran entre las fuentes de las que bebió. Mover las obras de un museo al otro (recordemos que las sedes fueron el Prado y el Reina Sofía) para generar un evento posmoderno es banalizar la gestión cultural, y propiciar la afluencia masiva bajo este reclamo ha de ser tildado al menos de exceso.

Por el profundo respeto que me han inspirado siempre las palabras de Castro, ha sido mejor esperar al irrenunciable cumpleaños de Picasso, ya cerrada la exposición, y establecer mis quizá modestos parámetros en torno a lo que ví allí.


Poner juntas las cosas que sólo lo habían estado antes en las mentes de los lúcidos eruditos es un espectáculo inenarrable. Para comprender la fascinación por el Greco en la etapa azul o por la nobleza de la retratística española en cualquier momento del camino picassiano (quería evitar esta palabra, no ha podido ser), y al margen de leer a los estudiosos que han encontrado esos paralelismos, visitar la exposición ha sido un flash clarificador. Un buen libro lo soluciona todo, pero ante un reducido grupo de receptores, comparado con la incontable muchedumbre que ha podido vislumbrar de cerca el sobrecogedor respeto que tenía el pintor por los maestros del pasado, a los que trataba en sus cuadros como viejos amigos y conocidos. En algún que otro telediario, como cortinilla histérica siempre necesaria en un informativo en que la sección de deportes ocupa el cincuenta por ciento, vimos al público enredado en disquisiciones manidas –preferir un velázquez o un Goya por la certidumbre del parecido real-. ¿Y pensamos que se tiene a Picasso por el clásico que ya es? En este Madrid que renuncia discretamente a su Centro de Arte –para preservar el Museo con mayúsculas de los grandes del siglo XX, señores ya harto antiguos- todavía es necesaria una experiencia de comisariado al hilo de la cuestión.

Las argumentaciones cronológicas y límpidas a que nos han acostumbrado aburren, sin más. El reto de abrir la gran galería del Prado a su más ilustre visitante –el incipiente Picasso que tomaba esbozos (hoy se habría paseado con un móvil de última generación y saltado todas las reglas al respecto para descargar en su PC de sobremesa una colección fabulosa de imágenes technicolor)- es un acierto. En primer lugar, porque Picasso no debió sentir que rompía con nada –tendría, sí, el vértigo de saberse abriendo rendijas nuevas-; más bien se consideró heredero –y muy digno- de una tradición riquísima. Entre todos hemos ignorado aquella voluntad de que el Guernica se atesorase en la gran pinacoteca madrileña; conforme el tiempo pasa es menos descabellado, por eso de que la pintura nunca muere y hay tanto arte intangible –como es deseado al fin y al cabo-.

Soy de los que piensan que las nuevas estrategias de comisariado –véase la nueva disposición de la Tate Modern o la política del Palais de Tokio parisino-, provocando encuentros antes impensables, nos remueven. Nos ofrecen una visión no lineal de las historias que ya nos han contado de cabo a rabo, recontextualizan las intenciones primigenias para forzarlas a dialogar, nos retienen unos segundos más en el escenario sacrosanto del arte. Poner una maja al lado de la otra (la de Picasso y la de Goya, por abundar en un ejemplo ramplón) no fue una chorrada. Fue un lujo.


Publicado originalmente en lafresa.org, 2006.