1 may. 2005

Guillermo Monfort


Guillermo Monfort me recuerda un poco a Sean Scully. Hay esa filiación inevitable por el lado estético que nos regala invariablemente toda la orquesta urbana de los haces rectilíneos en fabulosa ecuación. En ocasiones, el artista moderno ve en esas vertebraciones un caos purulento, un algo peligroso que amenaza con alienar a todos y cada uno con su efecto paralizante. Muchos creadores actuales se preguntan si hay algo sano en todo ese derroche urbanita que planifica sus macroestructuras muy por encima de la escala humana, muy a distancia del latir individual.

Lejos de esa percepción, yo entiendo que Monfort es capaz de poner en ebullición la retina cautivada, dejar que evapore, para encontrar imágenes de aparente equilibrio racional, pero totalmente impregnadas de cómo a veces toda esa frialdad puede proporcionar algún abrigo espiritual.


No sé si es algo zen, una confabulación global que asalta a mil y un minimalistas del hormigón y el acero. Pero hay sosiego.

Si en algunas de estas imágenes hay soledad, no es menos cierto que esa dimensión es vivida como plenitud necesaria en el hombre. En ningún momento se oye lamento ni se aprecia resquemor. Revisitar lugares que antaño poseyeron ritmos y pulsiones aceleradas, que ahora se encuentran yertos, no es sino dialogar con la memoria, más que enojarse con la urbe madrastra.

Como con Scully, de nuevo, hay belleza encontrada. Tanto en las ordenaciones como en las texturas. Una poesía silenciosa y leve, sin pretensiones. Un alivio.


Publicado originalmente en lafresa.org, 2005.