24 dic. 2008

feliz navidad


... O cuidado con ella, que es lo que realmente pienso.

Que tengan todos unas felices fiestas, que sepan a quién se tienen que arrimar para pasar buenos ratos y que en todo momento lo sepan regar con los caldos adecuados.

21 dic. 2008

simón zabell en el cacmálaga


Simón Zabell traduce la maravillosa sensación de ir al cine. Aprovecha el espacio proyectos del Cacmálaga para mostrar una serie de obras en unas condiciones lumínicas que nos recuerdan sin remedio a otras propuestas ya llevadas a cabo allí donde también se conjugaban determinadas emociones pautadas a partir de la escasez de luz (o lo que es lo mismo, de la luz justa): David Delfín, Chema Lumbreras, José María Cano, Jaume Plensa… quienes planteaban ya un diálogo íntimo con las obras en sombras.

Tras decodificar el ordenado relato de los lienzos exhibidos, que narran una secuencia fílmica en toda regla, no pude menos que recordar algunas de las afirmaciones que no hace tanto hacía Juan Uslé acerca de su conocidísima serie pictórica “Soñé que revelabas”: La primera vez que fui al cine llegamos tarde, la sala estaba oscura y nos sentamos en la primera fila. Fui incapaz de ver imágenes nítidas; tan sólo ondas que se cruzaban. Este estado de alerta y espera para leer desde una situación de novedad es fundamental. Considero que la parte procesual de encontrar las imágenes es vital [1]. Con la distancia por superar entre la abstracción interferida de los grandes lienzos de Uslé (también mostrados en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga) y la otra más icónica de Zabell, las conexiones se hacen palpables. El artista malagueño que nos ocupa traslada la narración a una escueta pantonera de apenas tres tonos –blanco, negro, gris-, y consigue, mediante un sistema pictórico tremendamente esquemático, proponer fotogramas inexistentes que no obstante recurren a un imaginario colectivo tremendamente presente. De alguna manera, cada cual ha visto su película en estos cuadros.


No llegando a abandonar un lenguaje conceptual, Zabell aglutina estas pinturas según un concepto bastante básico de instalación, de manera que la interpretación de las piezas diferiría bastante si se mostrasen independientes y en la radiante sobreexposición de las ferias de arte, por ejemplo.

Me interesa particularmente el lenguaje escogido, que parte de las premisas de un código de mínimos muy habitual en el ámbito tecnológico que rodea al artista presente. El mismo Zabell alude a la Play Station para plantear cómo es el punto de vista seleccionado para el público. Al mismo tiempo, se podrían evidenciar paralelismos muy significativos con con los estilemas de Julian Opie y su esquematismo a ultranza, o la obra de Jordi Ribes y sus clarísimas afluencias procedentes del alfabeto universal de iconos que Microsoft ha propagado por el mundo a través del conocido Messenger. Exquisito por tanto el modo en que adivinamos un beso bajo la luna en apenas unas circunferencias seccionadas, o un cocktail muy a lo James Bond gracias a algunas siluetas y la presencia connotativa de una pajarita.

El último de los cuadros de la serie versa acerca de los títulos de crédito tras el final feliz, y una fila de butacas débilmente acariciada por la luz grisácea resultante de esos minutos en que la sala se vacía progresivamente. Con el regusto que deja una buena exposición, como una buena película, salgo al exterior y dejo que la luz me hiera un poco en las retinas.

[1] Ciclo Conversaciones en torno a la pintura. Fragmento de la conversación entre Fernando Huici y el propio artista (CACMálaga, 25/09/07).

18 dic. 2008

exvoto 008092601


Estos exvotos (los primeros de la serie) me gustan especialmente porque tienen la candidez resultante de dibujar anatomía a sabiendas de que no se domina ni un ápice de esa ciencia. Puesto que el objetivo no es ilustrar un tratado, más bien recrear un fragmento del cuerpo según unos parámetros sencillos bien delimitados (la dualidad de los vasos irrigantes, la multiplicidad de los vasos comunicantes), poseen una entidad nueva sin por ello dejar de producir un efecto inmediato de cierto verismo.

17 dic. 2008

me gustaría dormir en... el hotel fox

habitación 106, propuesta de Geneviève Gauckler (Francia). mi favorita.

Para ser sinceros no tengo en mi horizonte más inmediato llegarme a Copenhage por algún motivo especial, y confieso que ahora mismo no atesoro en mi haber ningún deseo hacia museo, monumento, galería o evento cultural que me pueda llevar hasta allí. Más bien hay otras tareas pendientes que me urgen en primer lugar. Y sin embargo se ha desatado en mi estómago (aunque eso se me pasa pronto, tranquilos) una especie de hormigueo pequeñito con la sucesión de habitaciones especialísimas que ofrece el Hotel Fox. 61 estancias, para ser más exactos, en las que se dan cita las colaboraciones de 21 artistas diferentes de diversas nacionalidades y mil ideas posibles para un descanso alternativo.

Lo último que se me ocurriría en un hospedaje de esta calaña es salir a tomar el fresco, sobre todo como debe andar el fresco por allí por Dinamarca (que ahora mismo y según el buscador meteorológico de mi terminal indica unos siete grados menos de los que padecemos). Desde los ambientes desenfadados a los más sofisticados o serenos, en este lugar casi recién estrenado se dan cita diseñadores gráficos, muralistas, fotógrafos y toda una troupe de fashionistas que aplican su universo personal a cada habitáculo.

habitación 415, propuesta de Viagrafik (Alemania). urbanita y luminosa.

Si se piensan en serio la posibilidad de llegar por allí, advierto que en la web [hotelfox.dk] tienen la elegancia de no hacer públicos los precios de las suites hasta que no se ha formalizado la reserva. Yo, por lo pronto, me voy a conformar con remirar la galería de imágenes de sus dormitorios XL, L, M y S (amplitudes según necesidad y bolsillo). ¿Tienen alguna preferencia? ¿Cuál de ellas es la habitación de sus sueños?

Audio: No está mal un poco de Chill Out del que viene acoplado en la web, si la visita no se dilata demasiado.

16 dic. 2008

me gusta lo que hace... jon burgerman


...O dicho de otro modo, me gusta lo que hace Juan, el Hombre Hamburguesa.

Se trata de un artista doodler (garabateador, por así decirlo) reinventado también como diseñador (de juguetes, de vinilos adhesivos, de merchandisings miles) cuya herramienta exponencial es el rotulador, sin más. Lo descubrí azarosamente buscando dibujines en el Flickr [flickr.com/jonburgerman] -de eso hace ya unos meses- y no he podido evitar hacerle un seguimiento hasta dar con su web personal [jonburgerman.com] para animarme el día con sus trastadas cromáticamente histriónicas, instalar temporalmente en mi ordenador alguno de sus fondos de escritorio (una locura para la vista) e incluso su pack de iconos que transforman el acceso a los programas rutinarios en una fiesta. Finalmente me hice con un garabato suyo -pagando algunas libras esterlinas mediante paypal- y conseguí por añadidura algunas de esas pegatinas con las que aún no sé muy bien qué hacer...

el dibujo de marras

Es emocionante, crepitante -¿existe esa palabra?-, colorista y mediático (acude a entrevistas televisivas y garabatea en directo). Realiza murales a pelo (con rotuladores permanentes posca, de los que se confiesa adicto) en eventos artísticos, sobre paredes y cubos en los que la masa tumultuosa de admiradores podrá colorear después, para eso de la interacción y el feedbacking. Y lo mismo customiza una lámpara Gröno que la tapa de un MacBook, convirtiendo determinados objetos de uso corriente en piezas de culto que muchos desearían.

También podría decirse que es facilón, pues se ensambla cómodamente en una ya quizá manida corriente del art toy y sus derivados; pero también es holgadamente sincero. Sencillamente, se repite en sus argumentos y estilemas, y está satisfecho con eso. Me gusta la gente así.

PD: No dejen de escuchar a los Pinker Tones, siguen viniendo que ni pintados con esta secuencia de posts desenfadados... Con todos ustedes, Karma Hunters, de lo más entrañable...




me gusta lo que hace... james joyce




Y no estoy refiriéndome al escritor del famoso Ulises. El James Joyce al que me refiero es un artista y diseñador afincado en Londres que ha centrado su producción creativa en un estudio propio, One Fine Day, donde lleva a cabo reproducciones limitadas de su obra como dibujante vectorial y desarrolla proyectos de carácter publicitario para importantes firmas. Me parece maravilloso que se trabaje a partir de semejante economía de medios, una apariencia superflat y una galería iconográfica tan contundente que bebe directamente del mundo popy.

Joyce se muestra todo un nostágico de los artilugios electrónicos que marcaron las décadas más recientes, sintiéndose especialmente subyugado por las imágenes de instrumentos musicales y otras que derivan de forma más o menos directa de la revolución estética a que dieron lugar los videojuegos. Como referente sólido de la cultura popular de su tiempo, Joyce encaja a la perfección toda esta imaginería -tan proclive al eslógan- en un estilo diáfano y sencillo que podría combinar tanto en las níveas paredes de la galería como en el serigrafiado de una teeshirt.

Ver más en one-fine-day.co.uk

No se pierdan su versión más o menos abstracta del cartel para Rear Window (La ventana indiscreta) de Alfred Hitchcock, creada expresamente para una exposición homenaje a más de setenta años de cine:


PD: A mí me parece que a este señor hay que verlo escuchando a los Pinker Tones... The Million Colour Revolution!


12 dic. 2008

exvoto 008092600



Con este corazón empezó una de mis debilidades, hace no demasiado tiempo, cuando me decanté por la tinta china, un pincelito del número dos y un espacio de trabajo delimitado por un tapete plástico de Ikea... Me gusta esta sensación de que no necesito mucho más, y haber dejado atrás ciertos lamentos por la falta de espacio para amontonar lienzos y otras debilidades que se me arracimaban en la cabeza.

10 dic. 2008

invéntame un país


(invente-moi un pays, 2005. 58 minutos. Dirigida por Catalina Villar)

Hoy he tenido la ocasión, gracias a la Alianza Francesa y con motivo de la celebración del 60 aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos, de ver un elocuente documental acerca de la situación de cientos de niños inmigrantes y refugiados en Francia. El pretexto del film consistía en el planteamiento de un ejercicio productivo a los niños de un centro de acogida, más concretamente el rodaje de una película -en la que los niños serían a un tiempo guionistas y actores- en la que, de forma natural, los niños acabarían por plasmar sus propias vivencias casi sin ser conscientes de ello. Tratando de narrar el éxodo de unos niños desde su originario "país de los árboles", los niños guionistas se ven abocados a definir ciertos conceptos como "bandera", "himno nacional", "ley", "frontera" e incluso a sumergirse en aspectos culturales tan delicados como la religión.

Un niño de apenas diez años definía la bandera de un país como "algo para defenderse" (y luego exponía el ejemplo de como los dirigentes hacen suyos los territorios con sólo hincar una banderola); al tiempo, otro niño de edad cercana explicaba cómo el himno nacional es algo que siempre habla de la guerra (recordaba la marsellesa, pero también el himno de Argelia). En definitiva, la mayoría de los términos nacionales expresaban de un modo u otro la separación y la diferencia, si bien estos niños no apreciaban un matiz perjudicial en esto, ya que asumen con naturalidad esos sistemas preestablecidos.

Nunca me han gustado las banderas, en su sentido ultimo quiero decir, por aquello de que reafirman las individualidades y los sentimientos nacionales en detrimento de nuestra noción de un mundo para todos.


Luego he tenido un fogonazo, y he recordado la expo que días atrás mostraba la obra pictórica última de Nico Munuera (un emergente gracias a los premios generaciones de cajamadrid), en la galería Max Estrella de Madrid [www.maxestrella.com]. Bajo el título de No Flags, Munuera empieza a renunciar a la pintura horizontal por la que era reconocido, aunque se mantiene en ese aura de pintura autónoma y autorreferente, deleitándose en una abstracción diáfana. Los espectadores pueden preguntarse ¿es la bandera de Alemania, o la de Italia, o la de Francia? A pesar de que es sólo pintura.

Para esos niños una bandera debía ser apenas un dibujo con colores distribuidos en bandas o campos geométricos. Pero han vivido en sus carnes que una bandera significa otra cosa y probablemente les separa del resto del mundo.

8 dic. 2008

guillermo martín bermejo

su primera obra en mi colección

No puedo evitar caer en la tentación de dedicar una de las primeras subidas a uno de mis artistas favoritos. Tras comprar esta pieza diminuta, publiqué una pequeña reseña crítica y eso me deparó poder conocerlo personalmente, lo que ha resultado en una hermosa amistad.

Texto publicado en lafresa.org en mayo de 2005:

Ante el trabajo de este artista, ante el necesario desconocimiento de sus circunstancias, imaginaré un modus operandi escueto. No puedo vislumbrar la necesidad de un estudio ampuloso y bien iluminado, ni estanterías repletas de carpetas y botes de mezcla, como seríe deseable para un bonito reportaje en Descubrir el Arte, donde fascina esa escenografía falsa y retocada del artista. No. A riesgo de equivocarme, me parece que el taller de este dibujante no es sino su propia vida; es decir, le imagino coloreando con lápices alpino una de sus tablillas sobre las propias faldas, o bordando con hilo corriente una de esas livianas almohadas casi amodorrado en el sofá de su particular refugio. ¿Me equivoco probablemente?

Pero es un arte entrañable. En eso llegaremos a acuerdo. Una de las cosas que hace deseables las tablillas de este hombre es la inocencia seguramente perdida que se adquiere en ellas. Como viñetas de historias que son, nos plantean segundos interminables -sentimientos congelados- de personajes que, hilados unos con otros, acaban por hacernos retroceder a nuestra propia adolescencia. Un jardín perdido en el que Martín Bermejo parece sentirse a gusto, una etapa de ambigüedades homoeróticas que todavía no han dado paso a la desfachatez de lo explícito.

Corazones tatuados, heridas sangrantes que manan tranquilamente, ojos cerrados en ensoñación. Lágrimas. Diagnostico la mansedumbre inquietante del andrógino, ser definido como perfecto en otros tiempos. Creo haberme topado de nuevo con la sinestésica belleza de lo que dormita a medias. Que nadie se apresure a recetar nada, se ve bien bonito este equívoco forzado de púber, nos anima a mantenernos -suspendidos- en una suerte de historia vivida; y esa es una de las virtudes del arte, conseguir recordarnos lo que un día fuimos.

página cero

Aquello de empezar no siempre es cosa fácil. Está lo de enfrentarse a la página en blanco y la pequeña gran obsesión de dar identidad al blog para que de alguna forma represente una identidad propia. Pero una identidad maquillada, inevitablemente deconstruida, lo sé. Uno viene escaldado de haber pululado por algunos myspaces, fotologs y otros remedos de redes sociales de los que bien ha aprendido la futilidad innata. Uno se sabe iniciador de sitios que más tarde o más temprano acabarán en el cementerio de webs, y sin embargo está también la ilusión de compartir pensamientos fugaces. Merezca o no la pena, lo voy a empezar.

5 feb. 2008

Laberintos


“El auténtico espacio público es el de la televisión e internet”. Así se expresaba el creador alemán Thomas Shütte, invitado por el ayuntamiento de Londres a realizar una escultura pública que sería exhibida, con carácter efímero, en el llamado “cuarto plinto” de Trafalgar Square. El escultor en cuestión no esperaba ganar el concurso con una obra de corte abstracto y con el apagado convencimiento sobre la idea de exponer arte en la calle hoy día. De alguna manera, en tiempos que el arte público se considera una especie de prueba de fuego por la que deben pasar todos los artistas realmente pluridisciplinares y comprometidos, esta afirmación vuelve del revés algunos conceptos. Y siendo realistas, lo cierto es que determinadas acciones/afirmaciones de las que se cuelan exclusivamente en la red tienen la capacidad –con su ingeniosa economía de medios- de provocar un desplazamiento tectónico en toda regla, que ya quisieran para sí muchas obras plásticas al uso.

Uno de los ejemplos más notorios podría constituirlo el más famoso de los buscadores google en negro, el Blackle (http://www.blackle.com): Alguien ha teñido de negro el rey de los motores de búsqueda, aseverando que los monitores que lo manipulen convenientemente para el rastreo ahorrarían una media de hasta setecientos cincuenta megavatios por hora al año (sosteniendo la idea de que una pantalla con fondo blanco consume mucha más energía eléctrica). El efecto es inevitable: El aleteo de una mariposa allá en un pequeño blog que daba la voz de alarma deviene en una insondable cantidad de páginas en las que ahora se debate sobre la necesidad de implantar el fondo negro, en plena era del cambio climático. De verdades incómodas se nutre la cultura, como siempre.

No obstante, el Net-Art posee innumerables barreras que se alejan en mucho del objeto social que el arte público pretende. La más evidente, a todas luces, es el carácter caótico de muchas de las piezas que vieron la luz en su todavía incipiente eclosión. La parafernalia que constituye su envoltura suele basarse en una frenética sobreinformación que promueve una navegación inquieta e infiel. Véase el caso desnaturalizado de Absurd (http://www.absurd.org), una web que pretende desconcertar al navegante con un recurso más que explotado por muchos netartistas: La autorreferencialidad; es decir, aludir directamente a la interfaz que soporta la pieza (por decirlo de otro modo, dejar al descubierto la estructura y sus errores de programación), evidenciar la tecnología que subyace y evocar una belleza impregnada de recursos sígnicos. En esa línea se encuentra un clásico como Jodi (http://www.jodi.org), que basa la mayor parte de sus trabajos en hacer visible los códigos que posibilitan la estructura, enfrentando al internauta a una suerte de galimatías ilegible atufado de la estética MS-DOS –allá cuando nuestras pantallas de curvas sugerentes no podían agasajarnos con dieciséis millones de colores-.

Básicamente, en estos primeros años de vida, el Net Art ha fundamentado buena parte de sus principios en un funcionamiento hipertextual (hablando claro, el de textos que remiten a otros textos mediante enlaces), incidiendo en soluciones laberínticas en las que rara vez se saca algo en claro. Como en aquellos maravillosos libros juveniles de los ochenta, elegimos nuestra propia aventura, pero es tan fácil que perdamos el hilo de Ariadna y desistir como acudir a nuestra particular bandeja de descargas ilegales para echar el rato. ¿Cuál es si no la vigencia de nuestra visita a sitios como Form (http://www.c3.hu/collection/form/index1.html), que plantea toda una respuesta estética a partir de los habituales formularios convenidos en la red para hacernos con un correo electrónico o un diario personal?

Al margen de las dificultades, este Arte en Red, que se regocija en los medios recién encontrados por la cultura de los noventa, ha proporcionado un interesante discurso paralelo a lo que ya experimentamos en nuestra navegación cotidiana: Que dejamos de estar bajo el yugo de la linealidad de la información; que un concepto puede estar en más de un casillero clasificatorio, y que se puede llegar a un destino (deseado o no) por multitud de afluentes y vasos comunicantes, superando la antigua barrera enciclopédica del índice y el subíndice. El Net Art (el que tiene como raíz de su ser la conciencia de estar en Red) se plantea así como enorme planta rizomática, que puede hacer florecer sus bulbos aquí y allá descollando de entre lo organizado que será siempre el empeño científico del ser humano.

En este sentido, existen iniciativas que consisten en desplegar interminables laberintos: El inconmensurable dédalo hipertextual Blather (literalmente, tonterías; en http://www.blather.newdream.net), que se define a sí mismo como un “Manojo de palabras, esparcidas por una retorcida y serpenteante web de palabrería, perspicacia y placer absurdo”, sería uno de estos imposibles callejeros de la desorientación gratuita. Lo más fascinante del sitio en cuestión, salvando la extrema sencillez de su diseño, es la posibilidad de que cada visitante tenga la oportunidad de añadir definiciones propias de palabras que, al ser agregadas automáticamente, generan nuevos vínculos –pasadizos, vericuetos, puertas- a otras estancias del imaginario enredo. Como plasmación de este concepto, no deja de ser curioso que diversas entidades y colectivos artísticos han desarrollado la idea del Net Art como algo cooperativo, en lo que entra en vigor la base imprescindible de red social como cauce de intercambios.

Resulta muy hermoso que dichas estrategias hayan desatado una nueva y flamante pasión por los laberintos –algo tan antiguo como el Palacio de Cnosos y las leyendas en torno a él-, construyendo además una interesante metáfora de internet. Así, por ejemplo, se desarrolló el proyecto Tol tol tol –un laberinto virtual que se reestructura constantemente- (http://www.iua.upf.es/~jferrer/tol/), cuya metodología de investigación generó a su vez una interesante réplica física, Tol tul tol, prevista como una estructura de pilares y puertas que queda sujeta a la reconfiguración del espacio por los propios visitantes –que pueden correr y descorrer cerrojos para modificar la utilidad de las puertas-. En sintonía con esos preceptos, el coreano Kuyuchul Ahn, con su instalación Forty-nine rooms, plantea un juego mediante cuarentaynueve habitáculos intercomunicados por puertas convencionales que requieren una acción inmediata por parte del público. El mismo espíritu lo podemos encontrar en el simpático laberinto Cajacabeza, que modifica la percepción del individuo a partir de algo tan sencillo como cajas de cartón suspendidas del techo de la sala de exposiciones, que obliga a la rápida toma de decisiones.

La preocupación final de estas empresas pasa por la toma de conciencia de admitirse perdidos en un océano de información. Diversos sistemas informáticos han tratado de topografiar internet, con el consecuente abismo que esa actitud refleja. Como advierte el dicho popular, a veces los árboles no dejan ver el bosque. En la red se hace muy difícil tener una idea sólida de las estructuras, y apenas somos capaces de imaginar determinadas magnitudes en relación a los recorridos que trazamos en una hora de navegación. Podríamos convenir una conclusión resignada, en la que admitimos que la red es el jardín de los senderos que se bifurcan [*], con infinitas posibles salidas. Pero, realmente, ¿quién desea salir?

[*] Obra de Jorge Luís Borges.