
Es tristemente frecuente que se desoiga a las ministras u otras mujeres que detentan cargos relevantes toda vez que se centra la atención en el cromatismo o la corrección protocolaria de su atavío; o que tratemos de llevar a cabo nuestro particular y superficial Pygmalion a aquella artista que ose mostrar una voz prodigiosa sin haber reparado en lo atinado de su aspecto. En tiempos de la fingida paridad, donde lo políticamente correcto trata de compensar el desmán anterior, las mujeres que han conseguido -a costa de sus proyectos personales y familiares en un gran número de casos- llegar a una posición representativa de la sociedad son exhaustivamente examinadas en base a criterios que nada tienen que ver con su formación o el valor de sus palabras. El daño se infringe desde el lenguaje, mediante expresiones populares que atribuyen una confianza exigua al sexo femenino (sentencias como "calladita estás más guapa", en la que se aglutinan la posición silente de la mujer y su responsabilidad última, que parece tener más que ver con el cuidado de su apariencia externa), y en ese caldo de cultivo surgen cientos de actitudes que lo respaldan. La frecuencia con que esto se produce es uno de los resquemores que nos embargan cuando esos ojos nos desafían de forma callada desde las últimas fotografías de la artista.
Noelia García Bandera ha encontrado en la Moretta veneciana la plasmación atemporal de ese discurso silencioso, por el que a las mujeres se les supone toda actividad en la sombra y se les refuta cualquier activismo, voz o voto. Estamos hablando de un particular tipo de máscara veneciana que ha de ser sujetado con la boca -no posee cintas sino un botón en la cara interior- y que expresa silencio desde su misma concepción externa, ya que a diferencia de otras ni siquiera tiene detallados los labios. El uso reincidente de este sencillo elemento -un óvalo negro con dos orificios- se convierte en leitmotiv y en pretexto, y al tiempo en signo evidente, que apenas necesita aclaraciones.
Noelia García Bandera ha encontrado en la Moretta veneciana la plasmación atemporal de ese discurso silencioso, por el que a las mujeres se les supone toda actividad en la sombra y se les refuta cualquier activismo, voz o voto. Estamos hablando de un particular tipo de máscara veneciana que ha de ser sujetado con la boca -no posee cintas sino un botón en la cara interior- y que expresa silencio desde su misma concepción externa, ya que a diferencia de otras ni siquiera tiene detallados los labios. El uso reincidente de este sencillo elemento -un óvalo negro con dos orificios- se convierte en leitmotiv y en pretexto, y al tiempo en signo evidente, que apenas necesita aclaraciones.



Esa conciencia, afianzada en la firmeza y convicción del discurso, permite plantear a la artista el recurso de su propio cuerpo, a la manera en que otras mujeres artistas lo han abordado. La conciencia del propio cuerpo se convierte, en el terreno de las mujeres artistas comprometidas con la visión de su género en la sociedad, prácticamente en una herramienta necesaria. De la misma forma que las modelos que aparecen en las obras tocan un piano mudo o expresan todo un mundo interior mediante la danza o la mímica, las mujeres artistas del presente han descubierto lenguajes artísticos que no siempre coinciden con los tradicionalmente establecidos por los hombres como “Bellas Artes”; sería el caso de Elena del Rivero o Louise Bourgeois, que adoptaron en su momento alternativas materiales a las consabidas técnicas creativas. Y considero que el uso del propio cuerpo, a pesar de no manifestarse como una invención, es en este terreno uno de los pilares de ese arte femenino –entiéndase lejos de todo encasillamiento posible-. Los dos autorretratos de Noelia, acuclillada y también sometida a la moretta, poseen la principal tensión en el brillo de la mirada –un destello cristalino que otea hacia algún lugar vetado para el espectador-, lo que la sitúa en un horizonte optimista pero para el que quedan muchas actitudes por combatir.
No deja de ser elocuente que sean todas mujeres las que asuman posicionamientos activos en esta exposición (el más evidente es el de las amazonas en su cabalgadura); es la trasposición de La Comedia del Arte, en la que por otro lado no se permitía a las mujeres (al igual que en toda la tradición de la dramaturgia anterior) participar en escena. La sobriedad y la belleza diáfana de estas imágenes –fondos negros o de un blanco preciosamente quemado en la mayor parte de los casos- colaboran a su iconicidad, un valor que las convierte en elementos parlantes para cualquier tempo social.
Imágenes facilitadas por la propia artista.
www.noeliagarciabandera.com
Otros textos sobre Noelia García Bandera en este blog:
Compromiso y Honestidad
Mujeres, insectos...