29 jul. 2011

Plenitud



Han pasado los años y aquella tablita del chico del corazón sangrante sigue a mi lado. No de un modo figurado: Pertenece a la pequeña antología de objetos que se asumen imprescindibles en mi paisaje cotidiano, sin haber perdido un ápice de aquella fragilidad que esgrimiste ni de aquella elegancia callada y serena que me recuerda en qué sutilezas habita la belleza. He tenido que aprenderte unas cuantas veces más, y ahora ando estudiándote en unas hojitas amarillentas que se asoman quizá demasiado grandes en la pantalla del ordenador.

No soy un coleccionista al uso. Siento predilección por las piezas pequeñas, que podrían venirse conmigo a cualquier confín, y en las que reside la seguridad confortable de la compañía. Con un liviano mensaje, que no es necesario desentrañar. Detesto las obras de arte que necesitan un manual de instrucciones para ser interpretadas, y a todas aquellas otras que producen un inmediato fulgor como de fuego artificial, pim pam pum y luego nada. No solo las detesto sino que además me son lejanas, inasequibles en todos los sentidos. Dejémoslas para la vanagloria de otros.

Cada una de las diminutas escenas que ahora compones, con esa nueva reafirmación en la pintura y en el virtuoso paisaje envolvente, es música para nuestras almas. Música de esa, buena, que siempre te rodea. Miro y envidio esa dulce capacidad para emborronar con negro sutil de lápiz de grafito una escueta superficie; como dibujante te lo envidio y admiro. Pero lo envidio en primer lugar. Luego están las certezas. De que este es un arte para siempre, que no es deudor de las modas y las tendencias, de que pertenece a la esfera de lo imborrable. Con eso debería bastar, ¿no?







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