2 jun. 2004

La hoguera de los cien Saatchi

NOTICIA

Más de cien obras de arte desaparecen en un incendio en Londres. Pertenecían a la colección de Charles Saatchi


www.saatchi-gallery.co.uk

No he podido evitar recordar a Santa Úrsula y sus once mil vírgenes; un cuadro que contemplé hace unos años en la Accademia de Venecia, un abigarrado infierno de tortura y humillación. He llegado a tal fleco de mi memoria, que creía ya olvidado, tras conocer la noticia de que más de cien obras de arte contemporáneo se han destruido pasto de las llamas en el almacén londinenese Momart, donde Charles Saatchi ubicaba su particular colección del arte británico más controvertido.

Pensé en ello por la rotundidad que dan las cifras. Y porque esas obras de arte, aclamadas por la crítica internacional a partir de su puesta en valor de manos del habilidoso expublicista Saatchi, serán ahora canonizadas. Ya han sido sacralizadas y purificadas por medio del fuego. Sus creadores son nuevos mártires, el coleccionista flagela sus sentidos con el recuerdo de una colección irrecuperable. Evidentemente, todo lo que compre o encargue Saatchi a partir de ahora puede tener un efecto muy particular. Al martirio físico evidente, la destrucción, se añade un martirio espiritual: Hay una cantidad ingente de medios de comunicación que se ceban con el particular sufrimiento del coleccionista. Algunos periódicos han mostrado su alborozo por el aniquilamiento de lo que consideran un arte pobre y vacío de contenido.


Y pensé en ello por otra cosa más: Se ha hecho especial énfasis en una de las pérdidas más sonadas. La obra "Hell" de los hermanos Chapman, un conjunto de vitrinas dispuestas en forma de esvástica que contienen una terrible orgía de sangre. Utilizando muñequitos diminutos a los que se ha practicado una singular cirugía, escenifican los desastres de las guerras más recientes en dioramas espectaculares que serían la gran envidia de cualquier aficionado al conocido juego "warhammer". Hace tiempo, me preguntaba si "Hell" era nuestro Jardín de las Delicias, si los Chapman habían conseguido parafrasear al Bosco con éxito. Ahora, los Chapman, ante la evidencia de las cenizas, apenas hacen una mueca y afirman que "era sólo arte, lo volveremos a hacer".


Publicado originalmente en lafresa.org, 2004.


1 jun. 2004

Zafios Zurbaranes


Bajo nuestros pies aflora el rizoma de algo bien antiguo; una raiz bulbosa, alargada, dormida, se aviva tras un tiempo indefinible. Recuerdo la historieta de aquellos pintores griegos que compitieron por la veracidad de sus cuadros; creo que uno de ellos presumió de que los pajarillos picotearon las uvas pintadas; el otro engañó al primero con una falsa cortina pintada, que supuestamente tapaba su obra.

En una galería de arte londinense, hace mucho menos tiempo, unas bolsas de basura se vendían por 75000 libras esterlinas. Gavin Turk había ido demasiado lejos pidiendo un dineral por sacos de porquería... Pero los pajarillos se acercaron a picotear, los curiosos tocaron levemente las bolsas, infringieron sutilmente las normas y después advirtieron la cartela expositiva que informaba del material de la obra "Pile": Bronce fundido.

Siento profundamente no haber comprobado con mis propios dedos tal ejercicio de virtuosismo; no pude estar en White Cube, Londres, para la fecha. Pero sí que me personé el verano pasado en el Guggenheim de Bilbao, donde había varios falsos muñequitos hinchables -en este caso de aluminio rígido- de Jeff Koons, en una exposición de la colección Broad.


Los en apariencia dúctiles globitos dulcificaron la idea que hasta entonces tenía sobre Koons, que es de paso un pintor horrendo. Finalmente, como premio a mis devociones, acabé de experimentar este arte de la verdad: En el Cac-Málaga, durante la exposición de los Chapman, con los muñecos sexuales que intercambian fluidos. Prevenido por lecturas efímeras del material empleado para esa escultura -bronce-, llegué y no fui capaz de tocar nada, tan escrupuloso me siento en el templo de las artes.


Años de deformación me han castrado las falanges de los dedos para siempre; rozando imprecisamente una obra de arte, para dar fe de lo que debemos creer ciegamente, sólo conseguiría, en mi torpeza, que me pillaran ipso-facto. Y hay una cierta erótica en no tocar lo que se contempla.

Hemos pasado siglos complaciéndonos de cómo el cesto de pan de Zurbarán no llega a caer del cuadro. Ahora, estos zafios hiperrealistas, que azotan nuestros sentidos con trampantojos a lo bestia, también nos deleitan. Tal y como están las cosas, quedan muchos años para que la abstracción vuelva a ser algo moderno.


Publicado originalmente en lafresa.org, 2004.