12 feb 2009

conrad botes en ARCO 2008


No puedo resistirme mucho más. Hay una profunda expectación en mí, aguantando los días, las horas y los minutos que me quedan para mi particular saturación artística anual en ARCO, una cita a la que vengo siendo fiel de unos años a esta parte. He querido entresacar de mi experiencia del año pasado a uno de los artistas que más me impresionaron, Conrad Botes, representado por la galería Michael Stevenson. Las obras expuestas en el stand correspondiente de la feria pertenecían a una serie espectacular llamada Satan´s Choir at the Gates of Heaven (algo así como el coro de Satán a las puertas del cielo), todo un despliegue iconográfico acerca de la visión moderna de las preocupaciones pseudorreligiosas, en la que el propio artista se contempla a sí mismo como parte de un engranaje de condenación-salvación y en el que parece encarnar un espíritu inquieto, algo atormentado por visiones apocalípticas enredadas en discursos postcatólicos.


Conrad Botes trabaja en instalaciones en las que confluyen varias de las técnicas artísticas con las que predica, a saber: Escultura en madera policromada -sí, como la antigua imaginería religiosa, con un punto bastante naïf que entronca con la rusticidad de la piedad popular y con bastantes de los estilemas del culto cristiano colonial (de hecho no pude evitar recordar al santo de Like a Prayer)-, pintura sobre cristal -una técnica que estaba relegada al ámbito de de las artes populares y que adquiere aquí una nueva dimensión- y pintura mural -a partir de unos grafismos que muestran la vinculación de este creador con el mundo del cómic y el arte callejero-. El todo resultante, lejos de chirriar, es de una coherencia abrumadora.


La temática ostenta un desenfado que parece ser ya natural en cuanto al tratamiento que los artistas contemporáneos otorgan al hecho religioso, si bien no es la suya la típica ironía fácil que puebla muchas de las obras en este sentido que se mueven en galerías y ferias de arte, como chascarrillos baratos que nos arrancan apenas una sonrisa de complicidad. Aquí, sin embargo, el artista es consciente de su condición de maldito, se tatúa en su propia piel los estigmas de las fabulaciones sobrenaturales y se comporta como un devoto de algún extraño rito que participa también de la estirpe de la oscura santería.

El acertado uso del formato circular para los tondos de cristal y el carácter orgánico de la pintura que sirve de telón de fondo convierte a sus instalaciones en una manera expansiva de ocupar el espacio; y a pesar de que casi todas ellas se organizan para una visión frontal, poseen tal calidad de interrelación que sería imposible imaginar sus piezas según otro esquema organizativo.

Hay que decir que Botes fundó y editó junto a Anton Kannemeyer la serie de albumes de historietas Bitterkomix, publicación surafricana, en la que mantiene una vinculación estilística con el cómic de décadas precedentes, un imaginario plagado de escenas convulsas y un procedimiento de trabajo que incide en el gesto pictórico rotundo, con tramas que parecen inspiradas en la tosquedad del xilograbado. Todo ello parece haber fraguado un lenguaje personalísimo y que, aislado en la planicie desolada de la galería, cobra una autoridad impresionante.

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